Hay un cierto placer en la locura, que solo el loco conoce. Pablo Neruda

jueves, 31 de octubre de 2013

Obras de Gabriela Mistral

La Fervorosa

 En todos los lugares he encendido con mi brazo y mi aliento el viejo fuego; en toda tierra me vieron velando el faisán que cayó desde los cielos, y tengo ciencia de hacer la nidada de las brasas juntando sus polluelos. Dulce es callando en tendido rescoldo, tierno cuando en pajuelas lo comienzo. Malicias sé para soplar sus chispas hasta que él sube en alocados miembros. Costó, sin viento, prenderlo, atizarlo: era o el humo o el chisporroteo; pero ya sube en cerrada columna recta, viva, leal y en gran silencio. No hay gacela que salte los torrentes y el carrascal como mi loco ciervo; en redes, peces de oro no brincaron con rojez de cardumen tan violento. He cantado y bailado en torno suyo con reyes, versolans y cabreros, y cuando en sus pavesas él moría yo le supe arrojar mi propio cuerpo. Cruzarían los hombres con antorchas mi aldea, cuando fue mi nacimiento o mi madre se iría por las cuestas encendiendo las matas por el cuello. Espino, algarrobillo y zarza negra, sobre mi único Valle están ardiendo, soltando sus torcidas salamandras, aventando fragancias cerro a cerro. Mi vieja antorcha, mi Jadeada antorcha va despertando majadas y oteros; a nadie ciega y va dejando atrás la noche abierta a rasgones bermejos. La gracia pido de matarla antes de que ella mate el Arcángel que llevo. (Yo no sé si lo llevo o si él me lleva; pero sé que me llamo su alimento, y me sé que le sirvo y no le falto y no lo doy a los titiriteros.) Corro, echando a la hoguera cuanto es mío. Porque todo lo di, ya nada llevo, y caigo yo, pero él no me agoniza y sé que hasta sin brazos lo sostengo. O me lo salva alguno de los míos, hostigando a la noche y su esperpento, hasta el último hondòn, para quemarla en su cogollo más alto y señero. Traje la llama desde la otra orilla, de donde vine y adonde me vuelvo. Allá nadie la atiza y ella crece y va volando en albatròs bermejo. He de volver a mi hornaza dejando caer en su regazo el santo préstamo. ¡Padre, madre y hermana adelantados, y mi Dios vivo que guarda a mis muertos: corriendo voy por la canal abierta de vuestra santa Maratòn de fuego!


La Bailarina

La bailarina ahora está danzando la danza del perder cuanto tenía. Deja caer todo lo que ella había, padres y hermanos, huertos y campiñas, el rumor de su río, los caminos, el cuento de su hogar, su propio rostro y su nombre, y los juegos de su infancia como quien deja todo lo que tuvo caer de cuello, de seno y de alma. En el filo del día y el solsticio baila riendo su cabal despojo. Lo que avientan sus brazos es el mundo que ama y detesta, que sonríe y mata, la tierra puesta a vendimia de sangre la noche de los hartos que no duermen y la dentera del que no ha posada. Sin nombre, raza ni credo, desnuda de todo y de sí misma, da su entrega, hermosa y pura, de pies voladores. Sacudida como árbol y en el centro de la tornada, vuelta testimonio. No está danzando el vuelo de albatroses salpicados de sal y juegos de olas; tampoco el alzamiento y la derrota de los cañaverales fustigados. Tampoco el viento agitador de velas, ni la sonrisa de las altas hierbas. El nombre no le den de su bautismo. Se soltò de su casta y de su carne sumiò la canturía de su sangre y la balada de su adolescencia. Sin saberlo le echamos nuestras vidas como una roja veste envenenada y baila así mordida de serpientes que alácritas y libres la repechan, y la dejan caer en estandarte vencido o en guirnalda hecha pedazos. Sonámbula, mudada en lo que odia, sigue danzando sin saberse ajena sus muecas aventando y recogiendo jadeadora de nuestro jadeo, cortando el aire que no la refresca única y torbellino, vil y pura. Somos nosotros su jadeado pecho, su palidez exangüe, el loco grito tirado hacia el poniente y el levante la roja calentura de sus venas, el olvido del Dios de sus infancias.


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